San Marcelino

Marcelino Champagnat, fundador de los maristas, fue un sacerdote francés que nació el 20 de mayo de 1789 en Marlhes, un pueblo de las montañas del Centro-Este de Francia, en el momento en que estalla la Revolución Francesa.

Es el noveno hijo de una familia profundamente cristiana. Su madre y una tía suya despiertan en él una fe sólida y una profunda devoción a María. Su padre, agricultor y comerciante, poseía una instrucción superior a la normal por aquellos pueblos, está abierto a las nuevas ideas y desempeña un papel político importante en su ayuntamiento y en toda la región.

Sabe también inculcar en Marcelino la aptitud para los trabajos manuales, el gusto por la acción, el sentido de la responsabilidad y la apertura a las ideas innovadoras. 

La educación recibida en su infancia le impulsó a fundar años después una comunidad de hermanos educadores como parte de una familia: La Sociedad de María.



Marcelino Champagnat Chirat nació en Rosey, Marlhes (Francia), el 20 de mayo de 1789. Juan Bautista, su padre, desempeñó funciones importantes durante la Revolución francesa; desde 1791 ejerció como secretario, coronel de la pequeña guardia de Marlhes, juez de paz y comisario. Marcelino, el noveno de diez hermanos, aprendió de su padre el amor al trabajo y el espíritu emprendedor. De su madre y su tía, religiosa exclaustrada (que se refugió en casa de su hermano durante el período revolucionario), recibió una educación religiosa bastante esmerada.

Escuela: un escaso aprendizaje
Sus aprendizajes escolares fueron escasos. No se sabe con certeza a qué edad, pero tempranamente abandonó la escuela (hacia los 7 u 8 años), dedicándose a la granja familiar, en cuyo trabajo manifestó gran sentido práctico.

Preparación eclesiástica
A la edad de 14 años recibió la visita de un sacerdote, enviado por monseñor Courbon, Vicario general de Lyon, para reclutar alumnos, el cual le propone ingresar en el seminario. La primera dificultad era su escasa preparación intelectual, lo que motivó a sus parientes a desaconsejarle el ingreso en el seminario, pero Marcelino se mantuvo firme en su propósito. A la edad de 14 años fue a estudiar al colegio de Saint-Sauveur con su cuñado Benito Arnaud, manifestando una clara dificultad en los estudios, sobre todo en latín. En noviembre de 1805, un año después de la muerte de su padre, ingresa en el seminario menor de Verrières.

Ordenación como sacerdote
Sus tres últimos años de estudios los realizó en el seminario mayor de Lyon, donde fue ordenado sacerdote el 22 de junio de 1816 de manos de monseñor Dubourg, obispo de Nueva Orleans. Al día siguiente, Marcelino y doce compañeros suyos subieron al santuario de Nuestra Señora de Fourvière, donde se consagraron a María y prometieron trabajar para fundar la Sociedad de María.

Apostolado en La Valla (1816- 1824)
El 15 de agosto del mismo año comenzó su apostolado en La Valla, parroquia formada por unas sesenta aldeas, donde ejercerá su misión sacerdotal hasta 1824. Desde el primer momento, la idea de fundar una sociedad dedicada a la enseñanza de los más pobres centró todos sus esfuerzos. Con este fin, al poco tiempo de llegar a la parroquia, el 2 de enero de 1817, fundó los maristas con dos jóvenes que serán los primeros miembros de la nueva Institución: Juan María Granjon, de 23 años, y Juan Bautista Audras, de 15. Se instalaron en una casa alquilada, donde Marcelino los instruyó, dividiendo el tiempo entre la oración, el estudio y el trabajo manual. En noviembre de 1819 se fundó la primera escuela de los maristas en el mismo pueblo de Marcelino, Marlhes. Su forma de proceder despertó en un primer momento las críticas en diversos sectores diocesanos.

El Hermitage: centro de su actividad educativa (1824- 1825)
Entre los años 1824 y 1825 comenzó la construcción de una nueva casa para los hermanos, el Hermitage, que será el centro de su actividad educativa. La comunidad estaba formada por 20 hermanos y 10 postulantes. El 29 de abril de 1836 la Santa Sede autorizó la Sociedad de María En el año 1838, Marcelino viajó a París para solicitar la aprobación legal de los maristas. Allí pasó tres meses de despacho en despacho sin conseguir demasiado. Desde el Hermitage, el padre Champagnat dirigirá y visitará las cincuenta escuelas que abrió hasta su muerte acaecida en 1840, a la edad de 51 años, a causa de una úlcera. La Institución marista contaba entonces con 280 hermanos y unos 7 000 alumnos. En 1920, el papa Benedicto XV proclamó venerable a Marcelino. En 1955, el papa Pío XII lo nombró beato. El 18 de abril de 1999 fue canonizado en Roma por Juan Pablo II.

Para conocer verdaderamente cómo era, nada mejor que acudir a las palabras de aquellos que estuvieron cerca de él.

Las palabras del primer biógrafo
El primer biógrafo de Marcelino, el hermano Juan Bautista, escribió de él: «El padre Champagnat era de estatura alta, recta y majestuosa; de frente ancha, con todos los rasgos del rostro muy salientes; moreno de tez, de aspecto grave. Su modestía y seriedad inspiraban respeto, incluso timidez y temor. Pero estos últimos sentimientos cedían pronto el lugar a la confianza y al amor, en cuanto se había hablado unos momentos con tan bondadoso padre. Tenía rectitud de alma, juicio sólido y profundo, bondad y ternura de corazón, sentimientos nobles y elevados. Su carácter era alegre, abierto, franco, firme, animoso, ardiente, y siempre ecuánime.»

Los testimonios de otros hermanos que compartieron con él la misión educadora, ayudan a imaginar la personalidad del fundador de los maristas.
Un rasgo esencial: la paz de su alma y la serenidad de su rostro. «El dejarse llevar por las dificultades, decía, multiplica las penas de la vida y acaba destruyendo lo mejor del corazón.»

Una actitud constante: la alegría. Decía Marcelino: «El que está alegre y contento demuestra que ama la vida, que se siente feliz en ella, que supera todas las dificultades.»

El camino de la eficacia: su gran actividad. Caminatas, visitas, cartas, encuentros, estaba siempre dispuesto para asistir a los enfermos y se dedicaba con entrega a la catequesis de los niños. Construyó una casa, una familia, viajó a París, visitó escuelas estatales para aprender métodos de enseñanza, y hasta muy poco antes de morir no dejó de ejercer su labor educativa y pastoral.

Y la gracia de Dios siempre presente
En el carácter de Marcelino, su fe en Dios, su confianza ilimitada, su amor tierno a María eran elementos clave. Embellecían todas sus cualidades, daban profundidad a lo mejor de su persona, y conseguían vencer las limitaciones que estaban presentes en su vida y su personalidad.

En el documento titulado Misión educativa marista podemos descubrir otros rasgos de la persona, el hombre que hay detrás del padre Champagnat

«Fiel a Dios en una época de crisis de valores religiosos, con visión práctica, innovador. Un hombre emprendedor que compró terrenos y casas, construyendo, renovando y ampliando edificios para adecuarlos a la vida y formación de la comunidad religiosa.»

«La clave de su éxito como líder residía en su habilidad para relacionarse y comunicarse con los demás. Su personalidad y su proyecto atraían a los jóvenes.»

«Era un educador nato. Durante sus vacaciones de seminarista, que pasaba en Marlhes, atraía a niños y adultos que venían de lejos para asistir a sus lecciones de catecismo.»

Del libro, Enseñanzas espirituales, del Hermano Juan Bautista, se han tomado los fragmentos que siguen que de una forma algo simbólica y extremadamente sencilla, nos pueden dar una idea de las claves espirituales del espíritu marista.

Marcelino es la raíz que da vida a la educación marista. Aproximadamente, unos veinticinco años después de su muerte, el hermano Juan Bautista, su primer biógrafo, recogió en un libro los apuntes que había tomado en charlas y explicaciones del fundador. De ese libro, Enseñanzas espirituales, se han tomado los fragmentos que siguen, y que, de una forma algo simbólica y extremadamente sencilla, nos pueden dar una idea de las claves espirituales del espíritu marista.

Ayunar en la Cuaresma
«Y así les explico el ayuno que gustaba a Dios:
Hay que hacer ayunar a los ojos. Hay que mirar hacia dentro. Hay que ser profundos y no perderse en superficialidades.
Hay que hacer ayunar a la lengua. Hay que hablar más con Dios y con uno mismo. Hay que buscar las palabras auténticas que nos ponen en contacto con los demás, dejando sin aliento a las palabras vacías y, sobre todo, a las palabras ofensivas.
Hay que hacer ayunar a los defectos, al egoísmo, a los caprichos. Hay que dejar que se vaya quedando sin fuerzas nuestra pereza, nuestra tristeza, nuestro orgullo.
Y finalmente, hay que tomar mucho alimento en nuestro corazón y en nuestro espíritu, hay que rezar con fé y con fervor y hay que abrir el corazón a los pobres y ayudar mucho a la gente necesitada.»

Las pequeñas virtudes
Saber perdonar con alegría lo que no nos gusta de los que viven con nosotros.
Disimular y hacer como que no se ven esas cosas que otros hacen mal, y que a veces apuntamos para echarles en cara cuando estamos enfadados.
Tener un gran corazón para ayudar a quien sufre o lo pasa mal.
Estar siempre alegres y contagiar alegría a todos.
Saber ceder en las ideas y opiniones y no encerrarse en ellas.
Estar dispuesto a ayudar siempre, a echar una mano, a colaborar en las cosas que nos piden los demás.
Ser educado y respetuoso y prestar a todos las debidas atenciones.
Y pensar más en los demás que en uno mismo.

La educación de los niños
Educar al niño es abrir su inteligencia, y esto significa que en el mundo de sus ideas, de sus deberes, van integrándose las manifestaciones del amor de Dios.
Educar al niño es formar su corazón, y en él la semilla de las buenas disposiciones, la acogida, la cordialidad, la generosidad, la sensibilidad frente al dolor y la necesidad ajena.
Educar al niño es hacer firme su voluntad, construirla desde valores y principios auténticos; ayudarla con la bondad y la rectitud; reforzarla en la obediencia y la sumisión a quien manifiesta amor y cariño.
Educar al niño es hacerle creer en el amor a Dios, y para ello la formación en la oración, la alegría en el ser cristiano, la esperanza, el perdón... Y, por otra parte, la lucha contra el egoísmo, la violencia, el mal que siempre nos rodea.
Educar al niño es hacerle amar el trabajo, con constancia, con disciplina, con orden.
Educar al niño es apoyar su desarrollo físico. En la fuerza y el vigor, en la salud y el buen crecimiento hay unos elementos muy importantes para la felicidad, que no se pueden olvidar en la educación.

Son muchos las claves que se desprenden de estos pequeños fragmentos: se repite con frecuencia la palabra alegría, el amor a Dios, la lucha contra el egoísmo, la importancia de la educación y de la entrega a los más pobres y necesitados.

El nacimiento de Marcelino en el año 1789, inicio de la Revolución francesa, marcó sin duda su trayectoria vital y pastoral. Marcelino fue un hombre de su tiempo, asumió las ideas humanistas de la Revolución Francesa, al mismo tiempo que rechazó sus excesos.

Marcelino nace con la Revolución (1789)
El nacimiento de Marcelino en el año 1789, inicio de la Revolución francesa, marcó sin duda su trayectoria vital y pastoral. Como bien dice el hermano Benito Arbués, «Marcelino fue un hombre de su tiempo, asumió las ideas humanistas de la Revolución Francesa, al mismo tiempo que rechazó sus excesos.»

Vivió en una época en la que Europa era el escenario de una gran agitación cultural, política y económica, de crisis en la sociedad y en la Iglesia. En ese marco creció y fue educado, y quizás ese contexto provocó su respuesta de fundar y llevar adelante el Instituto marista.

El poder político y el poder de la Iglesia durante los años de vida de Marcelino
Sería interesante repasar brevemente los sucesos históricos, y cómo el poder político del momento afecta al culto y al poder de la Iglesia durante los años de vida de Marcelino.

Etapa revolucionaria y Convención
La Iglesia es puesta bajo el control del Estado y sus bienes confiscados. Se establece el culto a la diosa Razón, aboliendo el cristianismo.
Esta etapa coincide con la infancia de Marcelino en Marlhes, donde reinaban el atraso y la ignorancia; la mayoría de los adultos y jóvenes eran analfabetos. Se respiraban aires de cambio, las ideas sobre progreso social y solidaridad que provenían de la Revolución francesa causaban su impacto. El padre de Marcelino tuvo un importante papel en ese movimiento social.

El Imperio y la Restauración
Se pone fin a la Revolución y Napoleón se proclama emperador de los franceses, imponiendo el monopolio de la enseñanza e intentando hacer de la Iglesia un instrumento de su poder. Ideológicamente significó la vuelta al tradicionalismo, al misticismo y a la religiosidad del siglo XVII. La Iglesia tiene un resurgir vigoroso, pero con el poco sentido histórico de apoyarse en el sistema político vigente y de referirse a esquemas del siglo pasado.

Esta etapa coincide con el ingreso de Marcelino en el seminario mayor de Lyon, donde recibe formación teológica y espiritual de manos de sacerdotes que habían sufrido los avatares de la Revolución francesa y sus consecuencias. En aquellos tiempos de agitación, Lyon, histórico bastión de espiritualidad mariana, se convirtió en punto de partida de numerosos proyectos misioneros y apostólicos.

La verdadera revolución de Champagnat
Cuando fue ordenado sacerdote, Marcelino quedó impresionado por el aislamiento y la pobreza cultural de la zona rural de montaña de La Valla, a la que fue destinado. Estaba emergiendo una sociedad burguesa, liberal y egoísta, donde los políticos se preocupaban sobre todo de formar una elite de la que pudieran salir los líderes militares, políticos y económicos de la nación. En la Iglesia, incluso, no se prestaba demasiada atención pastoral a los jóvenes de las aldeas y los caseríos. Además, la enseñanza como profesión estaba tan poco considerada y tan pobremente pagada que sólo atraía a candidatos cuya capacidad y preparación dejaba mucho que desear.

Un hecho que le movió a entrar en acción fue la muerte de Jean Baptiste Montagne, que a la edad de 17 años no había oído hablar de Dios. Así que en enero de 1817, Marcelino reúne a sus dos primeros discípulos y comienza una aventura educativa y espiritual en medio de la pobreza humana.

Victorino del Pozo, en el libro que escribió sobre Marcelino, titulado Yo y la Revolución, dice: «No hay revolución más díficil que la revolución del grano de trigo o la de la gota de agua. Pero una gota de agua puede excavar una gran gruta y un grano de trigo multiplicado por la espiga de cada año puede se el pan de un pueblo.»

Su empeño le llevó a reunir seguidores para fundar una nueva comunidad religiosa a los seis meses de su ordenación. Toda una revolución que no tuvo muy buena acogida entre sus superiores.

Críticas en los sectores diocesanos
Su forma de proceder despierta, en un primer momento, las críticas en diversos sectores diocesanos. Su párroco le reprende en público, su arcipreste le trata de orgulloso y uno de los Vicarios generales le coacciona para que renuncie aS su proyecto fundacional. Cuando la situación estaba más tensa, se produce un hecho que va a cambiar el rumbo de los acontecimientos. El papa Leon XIII, a requerimiento del gobierno francés, nombra como Administrador apostólico de la diócesis de Lyon a Gastón de Pins, que desde el primero momento se muestra favorable a Marcelino y su obra, y le autoriza a dejar la parroquia para que se dedique plenamente a potenciar la nueva congregación.

El Hermitage: monasterio y centro de formación de educadores
La pequeña comunidad aumenta, y Marcelino tiene que construir una casa de formación amplia a la que dio el nombre de Hermitage. Esta casa sirvió como monasterio y centro de formación de educadores. Con el tiempo llegaría a ser progresivamente el centro de una red de escuelas primarias cada vez más numerosas y mejor organizadas. La opción que tomaron Marcelino y los hermanos fue la de reducir todo lo posible la aportación económica de los alumnos y, consecuentemente, llevar una vida austera.

Más de 15.000 miembros de la familia marista se dieron cita en la Plaza de San Pedro el 18 de abril de 1999 para asistir a la ceremonia de canonización de Marcelino Champagnat. Cerca de 100.000 personas presenciaron en directo su proclamación de santidad.

18 de abril de1999: por fin, San Marcelino
Más de 15.000 miembros de la Familia marista, entre ellos 900 hermanos, se dieron cita en la plaza de San Pedro el 18 de abril de 1999, para asistir a la ceremonia de canonización de Marcelino Champagnat, fundador del Instituto marista. Cerca de 100.000 personas presenciaron, en vivo y en directo, la proclamación de santidad por parte de Juan Pablo II, de Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Pietrantoni. Concelebraron con el Papa tres cardenales, diecisiete arzobispos y obispos y dieciséis superiores de congregacioness religiosas y sacerdotes; entre ellos estaba Javier Oyarzun, sacerdote de Pamplona, afiliado al Instituto marista.

A las ocho, la Via della Conciliazione, Via di Porta Angélica y Via delle Fornaci eran ríos de gente que acabarían inundando la grandiosa plaza de San Pedro.

Había alegría en los ojos y en los corazones de la gente y colorido en las pañoletas que portaban como señas de identidad. Verde y naranja eran los colores predominantes de las pañoletas y viseras que llevaban distintos grupos de la Familia marista.

Veintiséis mil sillas
Los servicios del Vaticano habían instalado en la plaza de San Pedro 26.000 sillas.. A la Familia marista le correspondieron 12.500 sillas. Entre los asistentes se encontraban los obispos de Tarragona (Luis Martínez Sistach), de Huelva (Ignacio Noguer), auxiliar de Bilbao (Carmelo Echenagusía) y el dimisionario de Murcia (Javier Azagra).

La entrada era gratuita, pero sólo tenían derecho a asiento quienes portaban la correspondiente tarjeta que distribuían las congregaciones respectivas. La mayoría de la gente se tuvo que contentar con presenciar de pie la ceremonia. También había gente en las galerías que hay sobre la columnata de la plaza.

Mano de santo
Los partes meteorológicos anunciaban lluvia el l8 de abril, en Roma, pero todos esperaban que los tres nuevos santos -Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Pietrantoni- pusieran su mano debajo de las nubes para que la ceremonia de su canonización no quedara deslucida. Y así, aunque cayó un chaparrón minutos antes de empezar la misa y hubo que volver a sacar los paraguas después de la comunión, durante la ceremonia lució un sol tibio de primavera romana.

Lleno hasta la bandera
Las imágenes de los tres nuevos santos colgaban en los andamios que velan el majestuoso retablo que compone la fachada de la basílica de San Pedro. Ellos llegaron con dos días de anticipación para evitar que los problemas del tráfico de una ciudad en obras con miras al Jubileo del año 2000 les impidiera ser puntuales a la cita. El retrato de la canonización es obra de «Goyo», el pintor que mejor ha sabido retratar el alma de Marceino Champagnat.

A las nueve y media pasadas dio comienzo la preparación espiritual para la ceremonia. Saltaron al aire los primeros cánticos, los primeros aplausos y los primeros vítores. A estas horas, la plaza de San Pedro estaba ya llena.

Hermano Benito Arbués
El H. Benito Arbués, Superior general del Instituto marista, ocupaba un sitio preferencial junto al altar instalado sobre la escalinata de la basílica de San Pedro. A uno y otro lado del altar estaban las personalidades eclesiásticas y diplomáticas invitadas expresamente para la ceremonia.

A las diez menos cinco, Juan Pablo II, encorvado por el peso de los años y las enfermedades, apoyándose en el báculo para caminar, salía de la basílica de San Pedro presidiendo el cortejo de obispos y sacerdotes que iban a concelebrar con él la eucaristía de la canonización. La coral, magnífica de voces y de sonido, dio el tono a la fiesta con el canto inicial del «Jubilate Deo in voce exultationis, alle-luia».

Santo, Santo, Santo
Tras el acto penitencial, se cantaron las Letanías de los Santos para dar paso al rito de la canonización. Juan Pablo II, conferido de la máxima autoridad papal, pronunció las solemnes palabras: «Declaramos y definimos santos a Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Livia Pietrantoni.»

Eran las diez y veinte del l8 de abril de l999. El Sol iluminaba los rostros de los tres santos elevados que colgaban sobre los andamios. En ese momento, las manos echaban chispas y los aplausos y las pañoletas sobrevolaron largamente por entre la multitud.

El hermano Gabriel Andreucci, Postulador de las causas de los santos maristas, a cuyos buenos oficios se debe, en buena parte, que Marcelino Champagnat subiera ese día a los altares, escuchó de pie ante el Papa la declaración de santidad del fundador del Instituto marista. Después, felicitaría a Juan Pablo II por los tres nuevos santos y en particular por haber hecho santo al fundador del Instituto marista.

Ofrendas de un icono y una casulla
La liturgia contemplaba el canto del Evangelio de Lucas (24,l3-35), en latín y griego. Con esta doble versión se quiere expresar que el Evangelio hunde sus raíces en el origen de su escritura y en la primitiva Iglesia de la cual la actual es continuación.

La Familia marista tuvo una participación destacada en el ofertorio de la misa. Los hermanos Georges Vidalis (Grecia) y Roshan Silva (Sri Lanka) presentaron una cruz con iconos esmaltados del siglo XI, realizada por el hermano Onorino Rota, y dos seglares, Llinda Corbeil (Canadá) y Melchor Pacheco (Uruguay) una casulla, con las mismas imágenes que la cruz.

Estas ofrendas quedarán en los museos vaticanos como recuerdo de la canonización de Marcelino Champagnat.

La homilía, breve pero densa, en italiano y francés, fue interrumpida por los aplausos de unos y de otros a medida que Juan Pablo citaba o aludía a los tres nuevos santos y a sus respectivas congregaciones.

Bendición con agua del cielo
Apenas finalizada la comunión de los fieles, la lluvia volvió a hacer acto de presencia. Los paraguas ayudaron a interiorizar la comunión de los santos.

Juan Pablo II impartió la bendición final con agua del cielo, que en ese momento caía copiosamente. Agua milagrosa para fecundar el compromiso que conlleva para la Familia marista la canonización de Marcelino Champagnat. Eran las doce de la mañana pasadas.

El Papa entonó el «Regina Coeli» que sirvió para dar gracias a la Buena Madre por la parte que le corresponde en el hecho de que Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Pietrantoni fueran lo que fueron y llegaran adonde han llegado.

Despedida
Antes de retirarse, el Papa felicitó personalmente a los Superiores generales de las respectivas congregaciones de los nuevos santos. El H. Benito Arbués, visiblemente emocionado y con la conciencia de estar asistiendo a un momento histórico para la Familia marista, agradeció al Papa que haya reconocido la santidad de Marcelino Champagnat.

Al abandonar el Papa la plaza de San Pedro, en coche negro, los aplausos despidieron a Juan Pablo II que se retiraba, cansado pero feliz, a sus habitaciones.

Homilía del Papa: Un corazón lleno de fuego
«Marcelino Champagnat fue un sacerdote cautivado por el amor de Jesús y de María.
Gracias a su fe inquebrantable, permaneció fiel a Cristo, incluso en las dificultades, en medio de un mundo vacío del sentido de Dios.
También nosotros estamos llamados a sacar nuestra fuerza en la contemplación del Cristo resucitado, aprendiendo en la escuela de María.
San Marcelino anunció el Evangelio con un corazón lleno de fuego. Fue sensible a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y a las situaciones de abandono que se daban de modo especial en la juventud. Su sentido pastoral es ejemplar para los sacerdotes; llamados a proclamar la Buena Noticia deben ser para los jóvenes que buscan sentido para su vida, verdaderos educadores que acompañan a cada uno en su camino y les explican las Escrituras.

El padre Champagnat es también un modelo para los padres y educadores ayudándoles a mirar con mucha esperanza a los jóvenes, a amarlos con amor total que favorezca una verdadera formación humana, moral y espiritual.

Marcelino Champagnat nos invita también a ser misioneros para dar a conocer y hacer amar a Jesucristo, como lo hicieron los hermanos maristas hasta los confines de Asia y Oceanía. Con María como guía y madre, el cristiano es misionero y servidor de los hombres. Pidamos al Señor tener un corazón tan ardiente como el de Marcelino Champagnat para reconocerle y para ser sus testigos.»

Proclamación de la santidad de Marcelino Champagnat
Honra de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica e incremento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y la nuestra, después de haber reflexionado ampliamente, invocado repetidas veces la ayuda divina y escuchado las opiniones de muchos hermanos nuestros en el episcopado, declaramos y definimos santos a los beatos Marcelino José Benito Champagnat, Juan Calabria y Agustina Livia Pietrantoni, los inscribimos en el catálogo de los santos y establecemos que sean devotamente honrados como tales en toda la Iglesia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.